martes, 23 de marzo de 2010

¿Por qué ...?

¿Cómo es posible que la verdadera dicha escasee tanto en nuestra civilización que, sin embargo, ha elevado a la humanidad muy por encima de todas las esperanzas y presentimientos de las generaciones precedentes? ¿No hemos superado mil y mil veces en nosotros al viejo Adán? ¿No somos acaso más semejantes a Dios que a él? ¿No oye la oreja gracias a la membrana telefónica, los sonidos que se emiten en los continentes más remotos? ¿No contempla el ojo, gracias al telescopio, el universo de miríadas de estrellas y, con ayuda del microscopio, todo el cosmos de una gota de agua? ¿No vence nuestra voz al espacio y al tiempo en un segundo? ¿No se burla de la eternidad, grabada en la placa de un fonógrafo? ¿No nos transporta con seguridad el avión a través del elemento vedado a los mortales durante milenios y milenios? ¿Por qué pues estas conquistas técnicas no apaciguan y satisfacen a nuestro yo más íntimo? ¿Por qué, pese a esa paridad con Dios, el alma humana no siente el verdadero júbilo de la victoria, sino únicamente el sentimiento aplastante de que no hacemos más que tomar prestados esos esplendores, de que no somos más que "dioses postizos"? ¿Cuál es la raíz de esta enfermedad del alma? 
 
Stefan ZWEIG, Sigmund Freud. La curación por el espíritu, Barcelona,
Acantilado, 2006, cap. 8.

El secreto de la panadería

Se puede leer de un tirón y, sin esforzarse mucho, descubrir a qué realidad se parece. Es una adivinanza, pero muy seria.
¡Quien tenga oídos ....!

Una historia con mucha miga...
Artículo publicado en ALANDAR el 9 de marzo de 2010

Autor: Guzmán

 
Era, sin ninguna duda, la mejor panadería de todo el pueblo. Y una de las más antiguas, fundada muchas décadas atrás por el señor Teodoro Villanueva, que a sus 83 años vivía en una residencia de ancianos. No había quien igualara a esta tienda en la calidad de su pan y de su servicio. A lo largo de los años, muchos otros panaderos habían intentado estar a su nivel, pero al final habían tenido que cerrar o conformarse con estar a la sombra del negocio familiar de don Teodoro. Porque no había quien compitiera con “El pan del cielo” (que así se llamaba la susodicha panadería). Tanto mayores como pequeños ensalzaban su pan, lo ponían “por las nubes”. Comentaban que todo lo que allí horneaban era “gloria bendita”, que sus barras de pan y sus hogazas eran “divinas”.
Así las cosas, nuestra panadería guardaba algún que otro secreto para su éxito. En el pueblo se decía que quizá era como aquella cadena de pizzerías que se anunciaba diciendo que “el secreto está en la masa”… Y había algo que también llamaba siempre la atención de los convecinos: desde que se fundara, todos los panaderos y el personal que trabajaba en el horno, todos habían sido hombres, y siempre solteros. Los hijos (y nietos y bisnietos) casados, así como las mujeres, siempre se habían encargado de limpiar la tienda, de entenderse con los proveedores, o también —desde hacía algunos años— de despachar el pan a los clientes. Curiosamente, nadie había puesto objeción alguna a este respecto, y en la familia se había ido transmitiendo esta costumbre como algo de lo más normal.
- Así lo quiso el abuelo Teodoro, y él sabía bien por qué —explicaba doña Ana, una de sus nietas, a la jovencita Lucía, la más pequeña de sus hijas—. Los hombres saben mejor que nadie cómo hacer el pan que tanto le gusta a la gente del pueblo, porque así se lo enseñó tu bisabuelo.
- ¿Y por qué no se casan? ¿Lo hacen por dedicarse totalmente a la panadería? —preguntaba curiosa la pequeña Lucía—.
- Claro, hija, porque así se pueden dedicar en cuerpo y alma a hacer el mejor pan. Si tuvieran que cuidar también de su mujer y sus hijos, no sería lo mismo. Es lo que me ocurre a mí, por eso yo sólo estoy en la panadería para atender a los clientes. Ya ves que tu bisabuelo Teodoro tenía buen ojo para este negocio. Además, con lo bien que nos va, no vamos a cambiar ahora para estropearlo, ¿verdad? —apostillaba doña Ana muy convencida.
Pero esa exitosa tradición se encontraba ahora con un problema: en los últimos 20 años no había nacido ningún varón en la familia. Aunque lo intentaban una y otra vez, la cigüeña traía siempre una niña tras otra… Y los hijos y nietos de don Teodoro empezaban a preocuparse… ¿Qué pasaría si no hubiera más hombres para la panadería? ¿Sería el declive del “emporio” familiar? Hasta que un buen día nacieron Elena y Tomás, mellizos, hijos de Teresa. La alegría se desbordó en la familia Villanueva; ambas criaturas eran un regalo del cielo, pero en este caso el niño Tomás venía —nunca mejor dicho— “con un pan debajo del brazo”… A estas alturas sólo quedaban cuatro hombres solteros trabajando en el horno: don Benito —el hijo menor de don Teodoro— don Santiago, don Pedro, y don Juan (sus únicos nietos solteros). Aunque ya se estaban haciendo mayores, el nacimiento del pequeño Tomás les había dado esperanza para seguir trabajando a destajo hasta que el esperado bisnieto pudiera conocer su secreto y continuar la línea familiar en “El pan del cielo”.
Así transcurrieron los años, hasta que Tomás cumplió los 17. Era un joven muy espabilado e inteligente, así que don Benito —que ya rozaba los 75 años— se frotaba las manos pensando que sería el relevo perfecto para el negocio familiar. Un buen día lo cogió a solas, y le habló con franqueza de algo que ya el avispado chaval imaginaba.
- Tomás, ya supondrás que va llegando la hora de que tomes responsabilidades en la panadería. Hemos hecho el mejor pan en este pueblo durante varias generaciones, y a ti te toca ahora en suerte mantener y mejorar esta herencia. Sé que lo harás muy bien, tienes madera para esto, y eres listo y trabajador. Uno de estos días empezaré a enseñarte cómo hacemos la masa, cómo la horneamos y todos los demás detalles. Poco a poco lo irás aprendiendo y así este viejo podrá retirarse para que tú y tus tíos sigáis haciendo este pan tan “divino”.
- Pero, tío Benito —dijo Tomás con tono decidido—, yo no veo que ése sea mi futuro. He pasado toda mi vida en la panadería, primero de chiquillo jugueteando en ella, y después echando una mano en lo que hiciera falta. Y me encanta lo que hacemos aquí, y ver lo mucho que a la gente le gusta nuestro pan. Pero yo no quiero dedicarme en cuerpo y alma a esto
- ¿Estás diciendo que quieres tirar por la borda todo el trabajo familiar de tantos años? —dijo irritado don Benito.
- No, tío, no me malinterpretes. Me encantaría poder trabajar en esto. Pero lo que quiero decir es que tal y como tenéis organizado el negocio… —dijo titubeando el joven— no podré compaginarlo con nada más, y quién sabe si tal vez esté llamado a casarme y formar una familia. Al menos quisiera tener la posibilidad de descubrir por mí mismo si mi camino es ése. Y aquí es “o todo, o nada”
- ¡Claro, Tomás, porque tu bisabuelo Teodoro así lo pensó! Y eres el único hombre de la familia en tu generación, ¿qué otra opción te queda? Además, te digo una cosa, entre tú y yo: las mujeres, aunque saben cocinar muy bien, en estas cosas no saben darle el “toque” adecuado, y tus tíos, como quisieron casarse, pues no podían ponerle el mismo empeño a esto que a cuidar su familia… Y para esto hace falta tiempo y mucha dedicación. Te lo digo como lo pienso, porque así también lo cree tu anciano bisabuelo, que sabe más que tú y que yo.
- Pero ¿de dónde os sacáis que sólo los hombres solteros pueden hacer el mejor pan? —respondió enérgico el joven—. Y ¿por qué tengo que ser precisamente yo el que lo haga? Además, aunque ellas no te lo digan, sé de sobra que dos de tus sobrinas, Lucía y Esperanza, están deseando trabajar en el horno con vosotros.
- ¡Eso te lo acabas de inventar porque no quieres asumir la responsabilidad de la panadería! ¡Tú me quieres volver loco! Las mujeres haciendo el pan… ¡Madre mía! Y yo que te tenía por más inteligente… ¿Qué pensaría tu bisabuelo si te oyera decir estas cosas?
- ¡Pues quizá piense lo mismo que yo! —dijo enfadado Tomás.
- ¿Pero cómo te atreves a hablar así? ¿Es que acaso has estado con él?
- ¡Claro que sí, por Dios! Nunca me dejáis ir a verle, pero el otro día me presenté en la residencia y le di la sorpresa. Está ciego y casi no se puede mover, pero la cabeza no la ha perdido
- Y ¿qué te dijo, si se puede saber? —dijo el tío Benito con tono altanero.
- Me dijo —respondió Tomás con firmeza— que, como sigáis así, seréis vosotros los que acabéis con la panadería. Me contó que él descubrió el secreto para hacer el mejor pan, y que se lo enseñó a quienes él creyó mejor dispuestos. Él está convencido de que lo importante es el pan, no quién lo haga. Porque la gente de este pueblo necesita nuestro pan, y no podemos dejar de ofrecérselo. Y si para ello hay que cambiar alguna de nuestras costumbres —que él niega haber instaurado— es seguramente el momento idóneo, antes de que sea demasiado tarde. Aunque no lo creas, tío Benito, así piensa tu padre…
Al oír a Tomás, el tío Benito se quedó sin palabras. Se preguntó a sí mismo si conocía verdaderamente la voluntad de su padre. Durante mucho tiempo había dado por supuesto que así era. Pero ¿y si Tomas estuviera en lo cierto, y lo importante era el pan que alimentara al pueblo? “Siempre hemos trabajado así”, pensó, “pero quizá haya llegado la hora de pensar en la gente y en su pan de cada día”.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Las causas de la pobreza mundial
Por Vicenç Navarro

El día 17 de octubre fue el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, lo cual fue motivo de un elevado número de conferencias sobre la pobreza, que por unos días fue un tema visible en los medios de comunicación más importantes del mundo, aún cuando en España tal visibilidad fue limitada. En los países desarrollados se acentuó, una vez mas, la necesidad de "ayudar" a los países pobres, incluyendo el envío de alimentos y fondos. También se acentuó en varios foros internacionales la necesidad de transferir conocimientos y nuevas tecnologías de los países ricos a los países pobres, para incrementar la productividad de sus sectores agrícolas, los más importantes en sus economías.


Esta atención mediática del tema pobreza se repite, año tras año, por estas fechas. Y mientras, ocho millones de niños mueren al año de malnutrición (uno cada dos segundos), el equivalente de los muertos que causarían 43 bombas atómicas –cada una como la lanzada en Hiroshima–, bombas que explotan cada año sin producir ningún ruido. En realidad tal número de muertos forma tanta parte de la realidad que nos rodea que ni siquiera aparecen en la primera o última página de los rotativos más importantes del mundo.


Lo que hace moralmente intolerable esta situación es que desde el punto de vista científico sabemos cómo resolver tanto el problema de la pobreza como sus consecuencias, de las cuales el hambre es la más dramática. Y la situación paradójica es que la pobreza no se debe a la falta de recursos. En realidad, el planeta tiene suficiente tierra fértil para alimentar diez veces a la población hoy existente (FAO, 2008).


En los países económicamente desarrollados, los estados están incluso subvencionando a los agricultores para que no produzcan más alimentos. Pero lo que es aún más intolerable es que se llame a estos países pobres, cuando no lo son. Los países así llamados tienen poblaciones predominantemente pobres, pero los países en sí no lo son.


¿Por qué entonces se produce y reproduce la pobreza? Si analizamos el país más pobre del mundo (hay una larga lista de candidatos a tal distinción), veremos que las raíces de la pobreza son fáciles de ver, si quieren verse. El diario The New York Times, de orientación liberal, que publica de vez en cuando algunos informes que no encajan en tal sensibilidad, escribió uno sobre la pobreza en Bangladesh, uno de los países que se puede identificar como más pobre (24-11-05). Tal informe estaba escrito por un grupo de economistas que habían visitado tal país. Entre sus muchas observaciones destacaban las siguientes: "Las raíces del problema de la pobreza en Bangladesh están en la enorme concentración de la tierra (el mayor medio de producción en una economía agrícola) en aquel país. Sólo el 16% de la población rural controla dos terceras partes de toda la tierra cultivable, mientras que el 60% de la población tiene sólo un acre". Por otra parte, el informe añadía que "la introducción de las nuevas tecnologías –como nuevos fertilizantes– acentúa todavía más la polarización en la propiedad de la tierra, pues sólo los grandes propietarios pueden tener acceso al crédito y a otros factores necesarios para poder explotar y utilizar nuevas tecnologías".


En cuanto a la "ayuda" que proviene del exterior, el informe señalaba que "los propios oficiales encargados de la ayuda a los necesitados en Bangladesh reconocen (en conversaciones privadas) que sólo una fracción minúscula de los millones de toneladas de alimentos que llegan al país, como parte de la ayuda exterior, termina en las manos de las familias hambrientas que lo necesitan. Los alimentos del exterior los canaliza el Gobierno, quien los vende a los militares, a la Policía, a las clases medias de las ciudades…". El informe concluía que "el enorme potencial productivo de tierras enormemente fértiles es tal que Bangladesh podría alimentar a una población muchas veces superior a la actual".


Pero el alimento que se produce no se consume, en su mayor parte, en Bangladesh, pues no existe suficiente capacidad adquisitiva para la compra de alimentos por parte de la mayoría de la población. En lugar de ello, se exporta, sobre todo a los países de mayor nivel de renta, reproduciéndose así una economía basada no en el consumo y demanda interna, sino en el consumo externo y las exportaciones. Parecería que lo más lógico fuera que se creara tal demanda interna, redistribuyendo los recursos (incluyendo la tierra) para permitir el desarrollo de la capacidad adquisitiva de la gran mayoría de la población.


Ahora bien, la estructura de poder, monopolizada por los grandes agricultores, se opone a tales cambios redistributivos. Como bien señalaba el citado informe, "el Parlamento del supuestamente democrático sistema político (Bangladesh aparece en la tipología de países, preparada por el Departamento de Estado de EEUU, como una democracia) está controlado por los grandes agricultores. El 75% de los miembros del Parlamento tiene grandes extensiones de tierra, con lo cual las posibilidades de cambio son muy pequeñas". El sistema económico y político sostenido en parte por un Ejército y en parte por sistemas de información y persuasión (con conexiones con grupos mediáticos extranjeros), tiene escasas posibilidades de cambio. La Constitución del país, escrita por aquella estructura de poder, pone por escrito la imposibilidad de generar tal cambio. De ahí que la defensa de aquella estructura de poder se presenta como la defensa de la democracia.


Estas son las causas de la pobreza y del hambre y malnutrición en el mundo. Y cuando la población "pobre" se moviliza para cambiar esta situación, se la acusa de violar el orden democrático. El caso de Honduras es el más reciente, pero dudo que sea el último. Estas son las causas de la pobreza en el mundo, que raramente aparecen en los medios de persuasión.


Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y profesor de Public Policy en The Johns Hopkins University Ilustración de Mikel Casal