INTERCAMBIO DE INFORMACIÓN CON COMUNIDADES CRISTIANAS DE BASE Y MOVIMIENTOS AFINES.
miércoles, 24 de marzo de 2010
martes, 23 de marzo de 2010
¿Por qué ...?
¿Cómo es posible que la verdadera dicha escasee tanto en nuestra civilización que, sin embargo, ha elevado a la humanidad muy por encima de todas las esperanzas y presentimientos de las generaciones precedentes? ¿No hemos superado mil y mil veces en nosotros al viejo Adán? ¿No somos acaso más semejantes a Dios que a él? ¿No oye la oreja gracias a la membrana telefónica, los sonidos que se emiten en los continentes más remotos? ¿No contempla el ojo, gracias al telescopio, el universo de miríadas de estrellas y, con ayuda del microscopio, todo el cosmos de una gota de agua? ¿No vence nuestra voz al espacio y al tiempo en un segundo? ¿No se burla de la eternidad, grabada en la placa de un fonógrafo? ¿No nos transporta con seguridad el avión a través del elemento vedado a los mortales durante milenios y milenios? ¿Por qué pues estas conquistas técnicas no apaciguan y satisfacen a nuestro yo más íntimo? ¿Por qué, pese a esa paridad con Dios, el alma humana no siente el verdadero júbilo de la victoria, sino únicamente el sentimiento aplastante de que no hacemos más que tomar prestados esos esplendores, de que no somos más que "dioses postizos"? ¿Cuál es la raíz de esta enfermedad del alma?
Stefan ZWEIG, Sigmund Freud. La curación por el espíritu, Barcelona,
Acantilado, 2006, cap. 8.
El secreto de la panadería
Se puede leer de un tirón y, sin esforzarse mucho, descubrir a qué realidad se parece. Es una adivinanza, pero muy seria.
¡Quien tenga oídos ....!
Una historia con mucha miga...
Artículo publicado en ALANDAR el 9 de marzo de 2010
Autor: Guzmán
Era, sin ninguna duda, la mejor panadería de todo el pueblo. Y una de las más antiguas, fundada muchas décadas atrás por el señor Teodoro Villanueva, que a sus 83 años vivía en una residencia de ancianos. No había quien igualara a esta tienda en la calidad de su pan y de su servicio. A lo largo de los años, muchos otros panaderos habían intentado estar a su nivel, pero al final habían tenido que cerrar o conformarse con estar a la sombra del negocio familiar de don Teodoro. Porque no había quien compitiera con “El pan del cielo” (que así se llamaba la susodicha panadería). Tanto mayores como pequeños ensalzaban su pan, lo ponían “por las nubes”. Comentaban que todo lo que allí horneaban era “gloria bendita”, que sus barras de pan y sus hogazas eran “divinas”.
Así las cosas, nuestra panadería guardaba algún que otro secreto para su éxito. En el pueblo se decía que quizá era como aquella cadena de pizzerías que se anunciaba diciendo que “el secreto está en la masa”… Y había algo que también llamaba siempre la atención de los convecinos: desde que se fundara, todos los panaderos y el personal que trabajaba en el horno, todos habían sido hombres, y siempre solteros. Los hijos (y nietos y bisnietos) casados, así como las mujeres, siempre se habían encargado de limpiar la tienda, de entenderse con los proveedores, o también —desde hacía algunos años— de despachar el pan a los clientes. Curiosamente, nadie había puesto objeción alguna a este respecto, y en la familia se había ido transmitiendo esta costumbre como algo de lo más normal.
Pero esa exitosa tradición se encontraba ahora con un problema: en los últimos 20 años no había nacido ningún varón en la familia. Aunque lo intentaban una y otra vez, la cigüeña traía siempre una niña tras otra… Y los hijos y nietos de don Teodoro empezaban a preocuparse… ¿Qué pasaría si no hubiera más hombres para la panadería? ¿Sería el declive del “emporio” familiar? Hasta que un buen día nacieron Elena y Tomás, mellizos, hijos de Teresa. La alegría se desbordó en la familia Villanueva; ambas criaturas eran un regalo del cielo, pero en este caso el niño Tomás venía —nunca mejor dicho— “con un pan debajo del brazo”… A estas alturas sólo quedaban cuatro hombres solteros trabajando en el horno: don Benito —el hijo menor de don Teodoro— don Santiago, don Pedro, y don Juan (sus únicos nietos solteros). Aunque ya se estaban haciendo mayores, el nacimiento del pequeño Tomás les había dado esperanza para seguir trabajando a destajo hasta que el esperado bisnieto pudiera conocer su secreto y continuar la línea familiar en “El pan del cielo”.
Así transcurrieron los años, hasta que Tomás cumplió los 17. Era un joven muy espabilado e inteligente, así que don Benito —que ya rozaba los 75 años— se frotaba las manos pensando que sería el relevo perfecto para el negocio familiar. Un buen día lo cogió a solas, y le habló con franqueza de algo que ya el avispado chaval imaginaba.
Al oír a Tomás, el tío Benito se quedó sin palabras. Se preguntó a sí mismo si conocía verdaderamente la voluntad de su padre. Durante mucho tiempo había dado por supuesto que así era. Pero ¿y si Tomas estuviera en lo cierto, y lo importante era el pan que alimentara al pueblo? “Siempre hemos trabajado así”, pensó, “pero quizá haya llegado la hora de pensar en la gente y en su pan de cada día”.
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