lunes, 16 de noviembre de 2009

ALTERNATIVA A LA CRISIS

Hoy, en la reunión de nuestra comunidad que ha tratado sobre el tema de la crisis, ha surgido una alternativa, o LA ALTERNATIVA, así, con mayúsculas, que se resume en el título del texto evangélico que nos comenta José Antonio Pagola:

DADLES VOSOTROS DE COMER



El hecho quedó muy grabado entre los seguidores de Jesús. Lo narran todos los evangelistas: en cierta ocasión, Jesús se preocupó de alimentar a una muchedumbre necesitada en un lugar despoblado. El relato ha sido muy trabajado teológicamente y ya no es posible reconstruir qué es lo que pudo suceder.

A algunos cristianos la escena les recordaba a Jesús alimentando al nuevo pueblo de Dios en medio del desierto. Para otros, era una invitación a dejarse alimentar por él en la eucaristía. Marcos, el evangelista más antiguo, parece estar pensando en una llamada a vivir de manera más responsable la solidaridad con los necesitados.

Según este evangelista, los discípulos se desentienden de aquella gente necesitada y le dicen a Jesús dos palabras que muestran su falta de solidaridad y su individualismo: «Despídelos», que se vayan a las aldeas, y «que se compren algo de comer». El hambre no es problema suyo. Que cada uno se procure su sustento.

Jesús les responde con unas palabras sorprendentes: «Dadles vosotros de comer». No hay que «despedir» a nadie en esas condiciones. Es el grupo de discípulos el que se tiene que preocupar de esta gente necesitada. La solución no está en el dinero sino en la solidaridad. Con dinero sólo comen los que lo tienen. Para que todos coman es necesario compartir lo que hay.

El grupo de discípulos reacciona. Un muchacho tiene «cinco panes de cebada y un par de peces». No es mucho, pero allí están a disposición de todos. Jesús pronuncia la «acción de gracias» a Dios y los pone en una nueva dimensión. Ya no pertenecen en exclusiva ni al muchacho ni a los discípulos. Son un regalo de Dios. Nadie tiene derecho a acapararlos mientras hay alguien pasando hambre.

¿Hay algo en el mundo más escandaloso y absurdo que el hambre y la miseria de tantos seres humanos? ¿Hay algo más injusto e inhumano que nuestra indiferencia? ¿Hay algo más contrario al evangelio que desentendernos de los que mueren de hambre?




José Antonio Pagola




jueves, 2 de julio de 2009

MÁS SOBRE VICENTE FERRER

Vicente Ferrer, un referente

No me extraña el silencio de la jerarquía, aunque me parece deshonesto.

Digo que no me extraña el silencio de la iglesia jerárquica porque no suele ser pródiga en elogios a quienes no la sirven directamente. Este tipo de iglesia, la del poder, tiene la idea de que en todo lo que atañe al ser humano ella es madre y maestra, es decir, tiene toda la verdad en si misma y no necesita recibir lecciones de fuera. Ella es la ortodoxia perfecta tanto en la teoría como en la práctica.

Desde aquí se explica su escaso interés por la ciencia y los nuevos saberes, por las nuevas tecnologías y cambios. Desde aquí se explica también su desinterés, cuando no su firme oposición y rechazo, a cuantos desde dentro han querido reformarla y abrirla a los nuevos aires de la modernidad y a las exigencias de la justicia en el mundo.

Pensemos en su rechazo a la reforma conciliar y a la Teología de la Liberación, su ninguneo a personas de relieve mundial como Monseñor Romero o los mártires de la UCA con Ignacio Ellacuría al frente, etcétera. Y, sin embargo, su acercamiento a todo lo que representa lo más retrógrado, fundamentalista y regeneracionista como los lefebvrianos, los movimientos más tradicionalistas como el Opus, los Legionarios, etcétera. El mismo despliegue que mostró con Teresa de Calcuta contrasta con el silencio clamoroso que mantiene ahora con Vicente Ferrer.

Y el silencio de la Compañía de Jesús, en cuanto institución, se entiende desde la misma lógica que el silencio jerárquico. Vicente Ferrer dejó la Compañía y ya no es jesuita, aunque haya seguido haciendo las mismas obras que hace gran parte de la misma Compañía en el Tercero y Cuarto Mundos.

Aunque no me extraña, por lo dicho, el silencio de la jerarquía católica española, sin embargo me parece deshonesto. Y me parece deshonesto porque cuando una práctica como la de Vicente Ferrer representa tan directamente lo más nuclear del Evangelio de Jesús, como es el cuidado de los pobres, la Iglesia católica debería ser honesta y reconocerla, si no como suya, al menos como socia en la misma causa.

Aunque viniera desde fuera (que en este caso tampoco es verdad), “los pobres son atendidos” que es lo que interesa. En casos como éste, todos los cristianos deberíamos tener presente la advertencia de Jesús a los apóstoles que querían impedir que se hicieran milagros sin pertenecer a su grupo: “No se lo impidáis, les dice, pues el que no está contra nosotros, está con nosotros”.

Yo apuesto por una sociedad, tan cuidadosa de todas las vidas, que no necesite de la caridad. Una sociedad que sea fruto de la igualdad y la justicia humanamente desplegadas. Pero reconozco que esto es una utopía. Y, en este sentido, creo que una sociedad como la nuestra, que necesita de mitos para llenar sus vacíos, -aunque, en la actual crisis resulten escandalosos, como los fichajes deportivos-, Vicente Ferrer, sin que nadie se lo apropie, puede y debe ser uno de los mejores referentes, sean creyentes o no, que visibilice la dedicación abnegada y desinteresada de tantas vidas dedicadas a los demás.

Evaristo Villar

Religión Digital

domingo, 28 de junio de 2009

EN MEMORIA DE VICENTE FERRER

Creo que es una enorme injusticia que ni la jerarquía católica ni la Compañía de Jesús hayan hecho el más mínimo comentario sobre la muerte de Vicente Ferrer. Por ello, y sin entrar en más detalles, como cristiano y como católico, intentaré remediar esta, a mi parecer, falta de caridad cristiana para con este gran hombre que entregó su vida al servicio del evangelio.

Toda la información que sigue sobre Vicente Ferrer está sacada de la web "Fé adulta" http://www.feadulta.com/

OBITUARIO / VICENTE FERRER

Un milagro bajo un paraguas

Aún recuerdo aquel tórrido mediodía de abril de 1988 cuando todos en Agraharam, un pueblo colindante con Anantapur, buscan desesperada-mente la mirada del hombre que camina bajo un paraguas. El termómetro supera los 50 grados pero todos sus habitantes están en la calle para ver de cerca al hombre que les ha devuelto la esperanza. Todos se arremolinan bajo ese paraguas negro y viejo para honrar a Vicente Ferrer, el hombre que tuvo un sueño. Le ponen collares de flores, le lavan los pies, le dan agua de coco, dulces, le dan las gracias, le quieren…

Le quieren desde que en 1969 llegó a Anantapur, en el estado indio de Andhra Pradesh, para enfrentarse a la pobreza absoluta, para ayudar a los que nunca recibieron ayuda, para decirles a los intocables, a los pobres de los pobres, que ellos también tenían derecho a vivir y a vivir con dignidad. Y lo hizo desde una pequeña casa que le dejó una organización protestante y en la que sólo había una mesa, una silla, una máquina de escribir y un mensaje en la pared: «Espera un milagro». Siempre recordaba esa frase y lo que pensó nada más leerla: que no había milagro que esperar, que había que salir a buscarlo, que era una locura pero que había que intentarlo.

La locura había empezado mucho antes. En las calles de Barcelona, primero; en el coro de su catedral, después; y finalmente en el frente del Ebro, durante la Guerra Civil española, donde luchó sin pegar un solo tiro en el bando republicano. En las calles de Barcelona, donde nació el 9 de abril de 1920, vio los primeros intocables de su vida; en la catedral empezó a conocer a Dios y en el frente del Ebro vio la luz que le llevó a la Compañía de Jesús. Después pasó una temporada en el campo de concentración de Betanzos antes de volver a Barcelona e irse a estudiar a un monasterio en las laderas del Moncayo. Y del Moncayo a la India.

El 13 de febrero de 1952 atracó en Bombay, atravesó la Puerta de la India y pisó por primera vez su nueva patria. «Mi nueva tierra de promisión», pensó. Sus primeros años en Mammadh, pequeña localidad al norte de la gran urbe, le supuso un auténtico descenso a los infiernos. Supo entonces que tenía que pasar a la acción, que él no había llegado allí para orar, ver y callar.

Empezó construyendo con sus manos un pequeño hospital, luego un colegio, después un pozo tras otro hasta que finalmente se puso a repartir trigo con un carro tirado por un par de bueyes.

«Nunca les hablaba de Dios, había otras prioridades», se decía y se repetía que él no había llegado hasta allí para elevar las estadísticas de bautizos.

Sus métodos empezaron a no gustar. Ni a la Compañía de Jesús ni a las autoridades locales que le veían demasiado poderoso. Estos le quisieron echar y aquellos reconducir. Pero él siguió su camino y la orden de expulsión no tardó en llegar. Fue el 27 de abril de 1968. Durante el siguiente año, mientras la burocracia iba retrasando su salida del país, cientos de miles de personas de todo el estado de Maharastra se manifestaban periódicamente en Bombay contra la salida de father Ferrer.

Fue propuesto para el Nobel de la Paz. La revista Life le sacó en portada como el santo desconocido. Al final, Indira Ganhi, presidenta del país, dijo la última palabra: «El padre Ferrer marchará al extranjero para pasar unas cortas vacaciones pero será bienvenido a su vuelta».

Quisieron convertir la victoria en derrota. La Compañía quiso atarle corto y los políticos le prohibieron volver a Maharastra. Aquellos quisieron que se dedicara exclusivamente a la enseñanza y de estos sólo el gobernador de Andhra Pradesh, una de las zonas más paupérrimas de la India, le permitió quedarse en su estado.

Y allí se fue, en 1969. Y con él, Anna Perry, una periodista inglesa de 22 años, 26 menos que él, que era la encargada de cubrir las manifestaciones de Bombay a favor de Vicente. Se conocieron el 27 de julio de 1968 («Recuerdo muy bien esa fecha» -me dice Anna- «porque estaba convencida de que ya nunca me iba a separar de él») y se casaron el 4 de abril de 1970, poco antes de que la Compañía de Jesús lo expulsara.

Fue entonces cuando Vicente Ferrer y Anna salieron a buscar ese milagro que le gritaba desde la pared de aquella humilde casa donde empezó a hacerse realidad su sueño. En 1969 habían creado RDT (Rural Development Trust o Consorcio para el Desarrollo Rural) el instrumento con el que se puso en marcha la mayor transformación que se recuerda en un estado indio a manos de una organización no gubernamental… y en 1996 vio la luz la Fundación Vicente Ferrer (FVF) y con ella un programa de apadrinamiento de niños que a día de hoy supera ya los 135.000.

Y este milagro tiene otras cifras:
  • Más de 2,5 millones de personas de 1.874 pueblos del distrito de Anantapur se benefician de los proyectos de RDT y la FVF.
  • A lo largo de estos años se han construido 39.000 viviendas.
  • Además, se han construido tres hospitales generales, un centro de planificación familiar, un centro para enfermos terminales de sida y 14 clínicas rurales que funcionan a pleno rendimiento.
  • Han levantado 1.696 escuelas y centros educativos y 120 bibliotecas que educan a 158.000 alumnos de primaria y secundaria.
  • Y luego están los centros especiales para invidentes, sordos, discapacitados psíquicos; un total de 1.300 shangams acogen a 15.600 personas con distintas discapacidades, que cuentan además con 18 escuelas residenciales.
  • También han sacado agua de donde no había: miles de pozos afloran por todo el distrito y casi 2.300 embalses de distintos tamaños consiguen dos y hasta tres cosechas por año gracias a los casi tres millones de árboles frutales plantados.
  • Además, más de 70.000 mujeres se han unido en más de 4.000 asociaciones para que puedan participar en cualquier aspecto de su vida o de la vida de su comunidad con los mismos derechos del hombre. Todo esto después de que en 1982 se pusiera en marcha un ambicioso plan de control de la natalidad que ha contribuido de manera significativa a mejorar el nivel y la calidad de vida de miles de mujeres.
Se podría seguir hablando de todo lo que ha cambiado la vida de los más desfavorecidos del distrito de Anantapur desde que llegó Vicente Ferrer. Pero los números no alcanzarían a dibujar realmente la labor realizada. Vicente no sólo les dio la oportunidad de vivir dignamente… No, Vicente Ferrer les dio mucho más, les dio la oportunidad de ser, les ofreció la esperanza que nunca tuvieron.

Me viene a la memoria más que nunca la cena que disfrutamos el pasado 26 de enero en Anantapur. Sentados en su comedor, devorando una tortilla de patatas con Anna y Begoña, Vicente nos contaba todo lo que todavía le quedaba por hacer. Que ese milagro que le gritaba desde aquella pared todavía era una utopía: que hacían falta más hospitales, más colegios, más agua, más trabajo. Y nos lo decía como si el futuro fuera suyo, como si le sobrara tiempo para seguir haciendo realidad cada día el milagro del pan y los peces.

Estos milagros le hicieron merecedor de un sinfín de galardones: desde el Príncipe de Asturias de la Concordia 1998 a la reciente concesión de la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil. Pero no son estos galardones los que más feliz le hicieron, no, él buscó siempre la sonrisa de cualquier niño.

El pasado 20 de marzo sufrió una embolia cerebral de la que ya no ha podido recuperarse. Si en algún momento desde entonces le ha vuelto la lucidez seguro que ha reflexionado y ha llegado a la conclusión de que lo dejaba todo en buenas manos: en las de Anna y en las de Moncho, el segundo de sus tres hijos, el sucesor, el que sigue sus pasos; sin olvidarse de sus hijas Tara y Yamuna, de sus seis nietos y de los millones de personas en todo el mundo que nunca permitirán que se extinga ni su memoria ni su obra.

Aún recuerdo aquella entrevista que le hice en 1998, allí en la India, cuando me dijo que ya había elegido el lugar donde descansaría cuando se fuera. Está, me dijo, en la ladera de una de las montañas que rodean Anantapur. No quería que se convirtiera en lugar de peregrinaje pero sí que cuando las gentes pasaran por su lado pudieran decir: «Allí está Vicente». Y será verdad porque Vicente Ferrer, el hombre que tuvo un sueño, nunca se irá de Anantapur. Permanecerá allí, siempre terco, inagotable e indeleble en la ladera de esa montaña, hasta que averigüe por sí mismo que el milagro era él.

Fernando Baeta
El Mundo 19/06/09

Vicente Ferrer, creador de la ONG Consorcio para el Desarrollo Rural de la India y de la fundación que lleva su nombre, nació el 9 de abril de 1920 en Barcelona y murió ayer en Anantapur (India).

Entró en el noviciado de la Compañía de Jesús, en octubre de 1944, cuando tenía ya 25 años. Después de estudiar humanidades, marchó con otros compañeros a Bombay, para completar su formación en filosofía y teología, y aprender las lenguas que le permitirían desarrollar su apostolado en India.

Visita la web de la Fundación Vicente Ferrer
http://www.fundacionvicenteferrer.org/esp/home.php

Principios que rigen el universo presente:
1- Nada existe sin significado.
2- Nada existe sin razón de ser.
3- Nada existe sin ser parte del Todo.
4- Nada existe sin un cuerpo.
5- Nada existe sin su propia libertad.
6- Nada existe sin VIDA.
7- Nada se escapa de la Vida.

Vicente Ferrer







Powered by ScribeFire.